Las revueltas populares

Hace tres semanas tuvo lugar el asalto al Congreso de los Estados Unidos y sinceramente no sé qué me resultó más bochornoso: los descerebrados seguidores de Trump que lo protagonizaron o los progres que lo han criticado…

Tiene mucha gracia que la misma gente que siempre anima a las revueltas populares, a la quema de las calles con el más mínimo pretexto, y que incluso se emociona cuando la turba patea la cabeza de los antidisturbios (Pablo Iglesias dixit), ahora se escandalice cuando son otros los que llevan a cabo sus recetas “democráticas”…

En la última ocasión en que Rajoy ganó las elecciones, tuvimos que aguantar la campaña “rodea el Congreso”, promocionada por esta izquierda cavernícola española. Cuando las manadas de catalanazis llevaron a cabo su golpe de Estado, paralizaron aeropuertos, autopistas y estaciones de tren, incendiaron Barcelona y agredieron a centenares de policías, entonces los fascistas de puño en alto les apoyaron. En Andalucía, cuando las urnas pusieron fin democráticamente a cuatro décadas de “corruPSOE”, la “moderada” Susana Díaz contrató autobuses para que la gente viniera a Sevilla a obstaculizar la toma de posesión de Juanma Moreno.

Y si nos remontamos unos años atrás, recordaremos la actuación de la izquierda en 2004 tras los sangrientos atentados del 11-M en Madrid. Sus injurias e intentos de agresión a los miembros del Gobierno de Aznar durante la manifestación de repulsa contra el atentado, los furibundos ataques a las sedes del PP, los feroces escraches a sus miembros y su violencia callejera incluso durante el día de reflexión previo a las elecciones, dejaron bien a las claras el desprecio que la izquierda tiene por la paz, la libertad y la democracia. Imponer su fanatismo y su sectarismo es su único propósito, para lo cual están dispuestos a politizarlo todo. Incluidos dos centenares de muertos y más de un millar de heridos…

La izquierda, muchos de cuyos partidarios consideran que “el fin justifica los medios”, siempre ha sentido adoración por la violencia (revoluciones, huelgas generales, escraches, asaltos a las propiedades ajenas, etc.). La llevan impresa a sangre y fuego en su ADN totalitario. La libertad individual y las reglas democráticas nunca se interponen en su camino. En Madrid fui testigo en muchas ocasiones del comportamiento de las hordas sindicalistas, que jamás respetan la libertad de un trabajador para decidir si ejerce su derecho a una huelga. Y lo que es peor, asistí anonadado a la pasividad policial ante semejantes comportamientos delictivos, ya que habitualmente los mandos políticos les prohiben actuar cuando los criminales son sindicalistas…

Recuerdo las palabras de mi abuelo Francisco (toda una vida ejerciendo su profesión de guardia civil en 14 lugares diferentes de la geografía española), cuando tras la muerte de Franco yo le preguntaba si era de derechas o de izquierdas. Él siempre me respondía: “de ninguna de las dos, yo soy de orden”. En la misma línea, el célebre escritor Fernando Vizcaíno Casas, con su gracia habitual y mucha menos diplomacia que mi abuelo, solía definirse con la siguiente frase: “yo soy de derechas y del Real Madrid, como toda persona decente”…

Y es que la izquierda ha despreciado siempre ese “orden”, que implica un comportamiento pacífico, con respeto a la ley y al prójimo; y también esa “decencia”, entendida como honestidad, dignidad y compostura, por tratarse de valores “conservadores”. Porque para los progres todo es relativo y todo les vale para fomentar su fanatismo: desde cuestionar la unidad nacional, saltarse a la torera las leyes vigentes de inmigración o atacar al jefe del Estado y demás símbolos patrios, hasta prostituir el día de reflexión previo a unas elecciones, “quemar las calles” y agredir a la policía, o defender a etarras y golpistas catalanes…

Y lo más indignante es que encima, esta chusma sin principios ni valores éticos, nos pretende dar lecciones arrogándose una superioridad moral que jamás han tenido y que nunca tendrán…

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