Franco y el Valle de los Caídos (II)

FF era ante todo un militar vocacional al servicio de España, un brillante estratega curtido en mil batallas, un gallego discreto poco dado a las intrigas políticas y un católico convencido.

No tenía nada contra la República, sino contra su deriva “frentepopulista” (la coalición izquierdista radicalizada, prosoviética y unida a los separatistas antiespañoles, que gobernaba desde febrero de 1936) y contra la violencia callejera que se vivía en España (continuos ataques contra monárquicos y católicos), que el gobierno del Frente Popular era incapaz de controlar. No en vano FF fue el último general en sumarse al alzamiento militar.

El golpe de estado del 18 de julio de 1936 sólo triunfó en algunas partes de España. El gobierno se dedicó a armar a la población civil en grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia, con lo que la confrontación estaba garantizada. FF se dio cuenta enseguida de que los optimistas planes de sus compañeros no se iban a cumplir: se avecinaba una larga contienda como él se temía.

Si querían tener éxito iban a necesitar ayuda internacional. Por ello FF contactó con alemanes, italianos y marroquíes, convenciendo a estos últimos de que se trataba de una guerra santa: una cruzada contra el ateísmo comunista. Los alemanes fueron los primeros en apoyar la contienda, pero pusieron una condición: que se nombrara a un comandante en jefe o generalísimo que estuviera al mando, ya que no querían tener que negociar cada decisión con la numerosa junta militar de generales basada en Salamanca. El preferido por los germanos era FF, pero varios de los miembros de la junta militar estaban en su contra por haber sido el último en adherirse al alzamiento. Además FF aún no estaba en Salamanca, sino que avanzaba con sus tropas desde el sur camino de Madrid.

FF había tomado una decisión semanas antes al conquistar Sevilla: adoptar de nuevo la bandera rojigualda, lo que le había granjeado las simpatías de la España monárquica. A esto se unió su decisión de desviar sus tropas para entrar en Toledo, liberando su emblemático Alcázar, asediado por los milicianos republicanos. Con ello su aureola de héroe se vio engrandecida y finalmente la junta militar le ofreció el mando supremo. Él puso una condición: que se le nombrara Jefe del Estado sin fecha de caducidad. Sabía que la fractura política en España era tan grande que harían falta muchos años de paz tras el final de la guerra, para conseguir la reconciliación nacional.

La contienda se alargó hasta el 1 de abril de 1939, fecha en la que cayó Madrid, el último reducto republicano. La capital de España había sido víctima de una cruel represión durante los tres años de guerra: millares de civiles indefensos (mujeres y niños incluidos) habían sido recluidos en las tristemente famosas checas y posteriormente fusilados. Ese día Madrid fue por fin liberado y FF escribió de su puño y letra el último parte de guerra, cuya fotografía tantas veces tuve oportunidad de ver en casa de mis abuelos, como si de una reliquia sagrada se tratara… Decía así: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.”

Comenzaba entonces una ardua tarea de reconstrucción nacional, dificultada en gran medida por la situación de quiebra en la que los socialistas habían dejado el país, tras robar las ingentes reservas de oro (700 toneladas, la tercera mayor del mundo) y de plata pertenecientes al Estado español, custodiadas en el Banco de España de Madrid. Para ello los milicianos secuestraron al cajero jefe de la entidad en la noche del 14 de septiembre de 1936, exigiéndole que firmara la autorización para abrir tanto la cámara acorazada, como las cajas privadas. Oficialmente éste se negó y ante la presión se suicidó, aunque algunas fuentes hablan de que fue asesinado… A partir de ahí, durante 4 días, medio centenar de cerrajeros y trabajadores metalúrgicos llevaron a cabo el expolio, encargado por el ministro de Hacienda, Juan Negrín, y refrendado por el mismísimo presidente de la República, Manuel Azaña.

Embalado en unas 10.000 cajas, el botín del mayor robo de la Historia, acabó en su mayoría en Moscú (unas 7.800 cajas) y en París (unas 2.000). Las 200 restantes quedaron a disposición del Frente Popular para su uso. El valor de lo robado se estima que superaría en la actualidad los 30.000 millones de €uros (nada menos que 5 billones de las antiguas pesetas!).

Como símbolo de la ansiada reconciliación nacional, al acabar la guerra civil FF encargó la construcción del mayor monumento construido en España en el siglo XX: el Monumento Nacional a los Caídos (más conocido como “El Valle de los Caídos”). Enclavado en la sierra madrileña de Guadarrama, a 58 kilómetros de la capital y a 12 de El Escorial, tenía por objeto honrar la memoria de todos los caídos en la contienda, sin distinción de bando o ideología.

Para ello se expropió la finca denominada “Cuelgamuros”, a los descendientes de una familia aristócrata (los Villapadierna) afincada en Madrid, muchos de cuyos miembros habían sido asesinados por los republicanos. Su construcción se dilató casi dos décadas, hasta su inauguración el 1 de abril de 1959, con ocasión del vigésimo aniversario del final de la guerra.

Durante todo ese tiempo convivieron allí trabajadores libres con otros penados. Estos últimos acudieron voluntariamente en virtud del sistema ideado por el Patronato de Redención de Penas por el Trabajo (organismo creado por FF, según orden ministerial de 7 de octubre de 1938). El procedimiento general consistía en permitir trabajar a los penados que así lo desearan voluntariamente; con ello ganarían un salario para poder mantener a sus familias y además cada día de trabajo les contaría como dos días de condena. Pero en el caso de la construcción del Valle, la oferta era sustancialmente mejor: cada día de trabajo les contaría como seis días de condena, recibirían el mismo salario que los trabajadores libres y además podían llevarse a vivir con ellos a sus familias.

La acogida fue tal, que hubo muchas más solicitudes que plazas. Además, la gran mayoría de los trabajadores penados, una vez cumplidas sus condenas solicitaban seguir trabajando en la obra como trabajadores libres. Los puestos de trabajo fueron de lo más variado, dado que hubo que construir cuatro poblados para los trabajadores (libres y penados) y sus familias, con todos los servicios necesarios. Hubo presidiarios ejerciendo de maestro, de médico, de practicante, enfermero, cocinero, barbero, dependiente del economato, etc., además de en la mera construcción del monumento, de la basílica y de las zonas aledañas.

Durante casi veinte años, la convivencia en los poblados de Cuelgamuros fue ejemplar. Los niños y las mujeres de trabajadores libres y penados convivían en régimen de igualdad. El nivel de vida (salarios y seguridad social, siniestralidad laboral, sanidad, escolarización infantil y superior, acceso a economatos, etc.) de la población del Valle era muy superior a la media nacional en la época. Por ese motivo, algunos trabajadores (tanto libres como penados) pidieron permiso para llevarse a vivir con ellos a familiares de fuera: suegros, sobrinos, etc.; en la mayoría de los casos les fue concedido. Y al terminar las obras, a todos los trabajadores se les otorgó una generosa indemnización, además de facilitarles pisos de protección oficial en los nuevos barrios obreros de la capital.

Nada que ver por tanto la historia real, con las mentiras propagadas por la izquierda acerca del Valle de los Caídos. Yo tuve la suerte además de poder escuchar de primera mano a mi abuelo Francisco (guardia civil), allá por los años ochenta, cómo los presos ansiaban conseguir una plaza para ir a trabajar al Valle. Recomiendo a quien esté interesado en el tema, la lectura de “Los presos del Valle de los Caídos” del doctor Alberto Bárcena Pérez (editorial San Román), profesor del CEU, que se dedicó durante años a investigar sobre ello. Su brillante trabajo fue posible gracias a la ingente documentación que se conserva en el Archivo General del Palacio Real de Madrid, sobre la construcción del segundo monumento más visitado de España, sólo después de la Alhambra de Granada.

En una tercera y última entrega de este largo post, haré hincapié en las que considero las facetas más positivas de ese Franquismo que tanto ha sido desprestigiado y denostado por la izquierda. Si hay una regla no escrita que dice que “la Historia la escriben los vencedores”, el caso español es sin duda la excepción, por eso es tan necesario contraponer los datos históricos a la propaganda sectaria…