“Homo perniciosius”

La palabra latina “perniciosius” significa “destructivo”. Ese es quizás el término con el que se debería renombrar a la especie “homo sapiens” a la que pertenecemos…

La Tierra cuenta con unos 4.500 millones de años de existencia. El 99,999% de ese período ha transcurrido sin la presencia del ser humano. Durante toda esa larga historia sin el homo sapiens, los únicos ataques que sufría la Tierra procedían del exterior: los meteoritos.

Hace unos 65 millones de años, el impacto de un ejemplar de enorme tamaño (10-15 kilómetros de diámetro) provocó una explosión de tal calibre, que sus efectos acabaron con las tres cuartas partes de las formas de vida, tanto animales como vegetales. No sólo desaparecieron los dinosaurios, sino también el 90% de los mamíferos terrestres. Tan sólo quedaron los más pequeños, a lo sumo del tamaño de un gato.

Quién le iba a decir a la Tierra que de entre los cientos de miles de especies animales que evolucionarían a partir de aquellos pequeños mamíferos, surgiría una tan destructiva como el homo sapiens…

A lo largo de millones de años de evolución nunca antes había aparecido una especie tan letal como el homo sapiens. Jamás ningún animal ha dañado los mares, los ríos, la atmósfera, la tierra firme y los hielos como lo hace a diario la especie humana.

La emisión de gases de efecto invernadero, el deterioro de la capa de ozono, la destrucción de selvas y bosques, el exterminio de especies animales y vegetales, la contaminación ríos y mares, la ingente acumulación de residuos sólidos muchos de ellos no degradables, etc., son producto de la “modernidad” a la que ha llegado el homo sapiens de los siglos XX y XXI.

Por si esto fuera poco, además hemos almacenado miles de armas nucleares, con capacidad para destruir una gran parte de la vida del planeta.

Pero a pesar de todo lo anterior, la egolatría humana les lleva a muchos a creerse que somos el centro de una supuesta creación, cuando la triste realidad es que somos, sin lugar a dudas, la peor y más prescindible especie que jamás haya existido. Sólo cuando el homo sapiens desaparezca de la faz de la Tierra, la Naturaleza podrá recuperar el equilibrio que nosotros alteramos a diario con nuestra forma de vida.

Esa triste realidad reafirma mi agnosticismo: ¿cómo es posible que las religiones hablen de un ser humano hecho a imagen y semejanza de un dios creador? ¿cómo es posible que proclamen a este ser tan destructivo como el centro de esa supuesta “creación”? ¿es voluntad entonces de ese supuesto dios todo el daño que le hacemos a la Naturaleza con nuestro comportamiento?

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