Homo Deus

Acabo de terminar de leer un ensayo del gran escritor hebreo Yuval Noah Harari, titulado “Homo Deus”. Se trata de la continuación de su conocida obra “Sapiens, de animales a dioses”, traducida a treinta idiomas y de la que ha vendido más de un millón de ejemplares (en Marzo de 2017 le dediqué un post).

En “Sapiens”, este joven profesor universitario (nacido en 1976), doctor por la universidad de Oxford, explicaba de forma muy didáctica nuestra evolución desde simples homínidos, hasta llegar al homo sapiens actual. Con gran brillantez repasaba fenómenos como la Revolución Cognitiva, fruto de cambios sucesivos en la estructura del cerebro, que posibilitaron el desarrollo de capacidades cognitivas como imaginar o hablar. Estas nuevas habilidades permitieron al homo sapiens comunicarse y transmitir conocimiento de generación en generación, así como desarrollar su creatividad e inventiva.

Sin la Revolución Cognitiva (que comenzó hace unos 70.000 años), no habría podido llegar la Revolución Agrícola (hace unos 12.000 años), que posibilitó el paso del nomadismo al sedentarismo y con ello la creación de grandes asentamientos humanos. Tampoco habría podido darse el gran nivel de cooperación humana que aquello requirió (división y especialización en las tareas), ni importantes hitos posteriores, como el transcurso de la Edad de Piedra a la del Cobre, a la del Bronce y finalmente a la Edad de Hierro.

La Revolución Cognitiva le permitió al homo sapiens inventar todo tipo de herramientas y procedimientos productivos (agrícolas, ganaderos, pesqueros, mineros, constructivos, artesanales, etc.), pero sobre todo le llevó a crear ficciones que han llegado hasta nuestros días y que siguen siendo la base de nuestra cultura: idiomas, leyes, naciones, calendarios, dinero, propiedad, religiones y dioses, no son más que ficciones aceptadas por comunidades de individuos, que le otorgan la misma validez que si fueran realidades (mares, ríos, montañas, animales o plantas, por ejemplo).

En “Homo Deus”, Yuval Noah Harari relata como el homo sapiens ha conseguido en las últimas décadas, minimizar y casi desterrar los tres grandes males que le han acompañado a lo largo de milenios: el hambre, las epidemias y las guerras.

El hambre empezó a ser un problema cuando nuestros antepasados comenzaron a extenderse por la faz de la tierra, abandonando la fértil y plácida sabana africana. Pero al igual que las epidemias y las guerras, se agravó enormemente tras la Revolución Agrícola. Con la construcción de asentamientos permanentes, colectivos cada vez más numerosos dependían por completo de la ganadería y de la agricultura para su sustento. Pero éstas a su vez estaban subordinadas a una climatología que con frecuencia resultaba adversa, desencadenando en períodos de hambruna.

El hambre fue sin duda el primer problema del ser humano durante milenios. Desde el antiguo Egipto a la India medieval o a la Somalia de finales del siglo XX, no era extraño que pereciera el 5 o el 10 por ciento de la población durante largas sequías… En la actualidad sin embargo, muere mucha más gente en el mundo por enfermedades asociadas a los excesos alimentarios que por causa del hambre.

Las epidemias nacieron como consecuencia del hacinamiento entorno a los asentamientos creados tras la Revolución Agrícola. Las nuevas condiciones de vida eran mucho menos higiénicas que las del nomadismo anterior. Personas y animales de granja convivían en condiciones de baja salubridad. La acumulación de deshechos llevó a la proliferación de especies carroñeras como la ratas. Todo ello provocó con frecuencia epidemias que tenían un grado de mortalidad impensable en nuestros días. Por ejemplo la peste negra en el siglo XIV aniquiló a más de la cuarta parte de la población de Asia, Europa y el norte de Africa. Está documentado que Inglaterra perdió el 40% de su población y la ciudad de Florencia el 50%.

Los exploradores europeos fueron extendiendo las enfermedades habituales en Europa a las nuevas zonas del mundo. Por ejemplo los españoles llevamos a America la viruela, la gripe, la sífilis, el sarampión, etc. Los nativos, que carecían de anticuerpos para esas enfermedades, eran mucho más vulnerables que los europeos, por lo que en lugares como México, durante el siglo XVI pereció el 90% de su población, como consecuencia del contagio de esas enfermedades nuevas para ellos.

Desde hace décadas esas mortales epidemias han dejado de existir. Los adelantos científicos de hoy en día impiden que una enfermedad degenere en una epidemia incontrolada, como ocurrió habitualmente durante los últimos milenios.

Las guerras fueron también una constante durante la evolución del ser humano. A lo largo de los siglos se luchó por motivos políticos, económicos, ideológicos, religiosos, etc. La última gran contienda fue la II Guerra Mundial, en la que durante 6 años de guerra perecieron más de 60 millones de personas. Desde su final en 1945 han pasado ya 74 años y felizmente no se ha vuelto a repetir nada parecido. Se han producido y aún sigue habiendo contiendas, pero lo son a una escala local. Por fortuna, la guerra es ya algo excepcional en la faz de la Tierra, a diferencia de lo que ocurrió durante milenios…

Como consecuencia de la casi erradicación de esas tres lacras, siempre asociadas al homo sapiens (el hambre, las epidemias y las guerras), así como a la drástica disminución de la mortalidad infantil, la esperanza de vida media mundial se ha duplicado en apenas unas generaciones: durante decenas de miles de años se mantuvo por debajo de los 35 años y en la actualidad rebasa los 70 (superándose los 80 años en España y en la mayoría de países europeos, así como en Japón, Australia y Canadá).

Yuval Noah Harari llega a vaticinar que en unas pocas décadas, con los avances en terapias genéticas, nanotecnología, robótica, farmacología personalizada y reproducción artificial de todo tipo de órganos para trasplantes, la esperanza media de vida del homo sapiens llegará a los tres dígitos…

 

 

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