La degeneración del liderazgo

Cuando nuestros antepasados homínidos salieron de las selvas y las sabanas africanas hace 2 millones de años, lo hicieron amparándose en la seguridad del grupo. De esa forma podían luchar contra los peligros con más garantías de éxito.

Para que esos grupos de individuos, cada vez más numerosos, funcionaran con una cierta eficacia, fue necesario crear relaciones de liderazgo, mediante las cuales un individuo asumía el papel de líder y el resto del grupo el papel de gregario. La fortaleza física, la valentía, el conocimiento del terreno y de la meteorología, la capacidad de orientación y la destreza para conseguir alimentos, debieron ser determinantes en un principio para alcanzar el puesto de líder. Y la retribución principal consistiría en ejercer de macho alfa, es decir, poder copular con las mejores hembras del grupo y con ello asegurarse la pervivencia de sus genes.

Hace “tan sólo” 70.000 años los homo sapiens vivieron la revolución cognitiva: desarrollaron la capacidad de hablar y sobre todo la imaginación. El lenguaje no es más que eso, imaginación, pero de forma consensuada entre un emisor y un receptor. Ambos  se sincronizan para imaginar una misma realidad, idea, sentimiento, etc. a partir de una determinada combinación de sonidos.

Aquello marcó la diferencia entre nuestra especie y los demás seres vivos del planeta. Mientras que el resto de animales se comunican básicamente sobre conceptos necesarios para su supervivencia (alimentación, peligros, procreación, etc.) y siempre referidos al momento presente, el homo sapiens gracias a su recién desarrollada imaginación pudo empezar a comunicarse sobre el pasado, el futuro y sobre conceptos abstractos e inventados que jamás habían existido en la Naturaleza y que desaparecerán el día en el que nos extingamos como especie: estados, reinos y fronteras; religiones y dioses; bondad y maldad; belleza y fealdad; justicia e injusticia; igualdad y derechos humanos; dinero y propiedad…

Con la revolución agrícola, hará unos 12.000 años, el homo sapiens pasa de ser nómada a ser sedentario. Por primera vez el ser humano tiene la capacidad de generar excedentes alimentarios y los asentamientos humanos empiezan a crecer exponencialmente como nunca antes. Además una buena parte de las poblaciones pudo dedicarse a otras actividades y a especializarse en distintos oficios. Se generó también la necesidad de llevar a cabo intercambios de esos excedentes alimentarios por otros bienes, lo que dio lugar al comercio.

Nació el arraigo al territorio y la necesidad de defenderlo, ya que el sustento dependía de unas tierras destinadas ahora a la agricultura y la ganadería. Surge además el concepto de “hogar”, que ya no es sólo la hoguera alrededor de la cual se reunían para comer y calentarse, sino que se amplía para incluir construcciones de carácter permanente.

Con ese nuevo modo de vida, el liderazgo empieza a basarse en lo que ahora llamamos habilidades sociales. Ya no son tan importantes las competencias para lidiar con la Naturaleza y los peligros del entorno, sino la capacidad para convencer al grupo acerca de ideas basadas en esos nuevos conceptos imaginarios que surgieron con la revolución cognitiva, como por ejemplo la necesidad de defender un territorio, los “beneficios” de adorar a un determinado dios o de llevar a cabo determinados ritos, etc.

Con grupos humanos cada vez mayores, era fácil que la competencia por ese liderazgo aumentara: cada territorio, cada familia e incluso cada gremio profesional, tenía sus propios jefes. El riesgo de enfrentamiento entre líderes era constante, así que a los más listos se les ocurrió la idea de vincularse al concepto divino: “yo soy el legítimo gobernante (rey, faraón, etc.) de determinado territorio por designio divino y por tanto nadie puede cuestionarlo”.

Así las relaciones de liderazgo, inicialmente concebidas para y por el bien del grupo, empezaron a convertirse en relaciones de dominación, por y para beneficio propio del líder y sus allegados. Desde entonces, tanto religiones como estados (desde las pequeñas ciudades-estado hasta los grandes imperios), no han dejado de usar en mayor o menor medida la posibilidad de dominar y de someter a sus correligionarios, y de intentar ampliar ese dominio a los territorios vecinos. La historia de los últimos milenios está repleta de ejemplos de ello.

Y si nos concentramos en la historia reciente, vemos que son pocos los líderes que hayan buscado el bien común; que se hayan basado en valores positivos para la colectividad. Hay algunos casos reseñables, como Gandhi o Martin Luther King por ejemplo, pero desgraciadamente son mayoría aquellos que en vez de líderes fueron simples agitadores de masas, o manipuladores que sólo buscaron la división y el enfrentamiento entre la gente para poder medrar en política.

El siglo XX estuvo lleno de casos de líderes que utilizaron el descontento de las masas para enardecer sus peores instintos, generando con ello odios, guerras e incluso genocidios. El comunismo provocó decenas de millones de muertes con su lucha de clases, su dictadura del proletariado y su ateísmo por decreto. El nazismo, con sus ideas fanáticas acerca de la supremacía de la raza aria, provocó la II Guerra Mundial y exterminó a varios millones de personas, en su mayoría judíos. El fundamentalismo yihadista ha sido la gran plaga del final del siglo XX (y desgraciadamente lo sigue siendo), por sus postulados supremacistas de la religión islámica, que considera hereje y merecedor de morir a todo aquel que se crea sus fantasías religiosas…

Pero lo triste es que en nuestro mundo occidental (y afortunadamente laico), en la actualidad aún haya líderes que defiendan casposas ideologías de clase nacidas en el siglo XIX y postulados supremacistas por razón de raza, territorio, lengua o historia. En pleno siglo XXI, en la era de Internet, el progreso está basado en la colaboración y no en la división, en el comercio libre y no en el proteccionismo, en la igualdad de derechos sin distinción de territorios y nunca en localismos aldeanos, ni en exigencias de pretendidos derechos históricos.

Tenemos por desgracia dentro de nuestro propio país, a muchos de estos líderes-agitadores, que enfrentan a españoles contra españoles, a catalanes contra catalanes, a vascos contra el resto de España, etc. Personajes que no se dan cuenta del daño que hacen en el presente y de que ese odio que están sembrando permanecerá vivo durante décadas. Basta ya de supuestos líderes que no son más que farsantes, manipuladores, xenófobos y supremacistas, amparados en ideologías sectarias y nazionalistas!

Necesitamos urgentemente líderes que tengan comportamientos ejemplares y discursos de valores universales: de unión, de paz, de igualdad, de libertad, de esfuerzo, de sostenibilidad y de amor al planeta Tierra, etc. Líderes que tengan presente que no podemos dejarle a las generaciones venideras un mundo, ni un país, más degradado y más endeudado que el que nosotros recibimos cuando nacimos…

 

 

Anuncios

Las patadas al diccionario en nombre del feminismo…

Nadie duda de que los nazionalistas catalanes (convertidos desde que se han echado al monte en catalanazis) han usado durante décadas el idioma catalán como “arma de adoctrinamiento masivo” y el idioma español como “arma de discriminación masiva”. Y la gran mayoría de la gente con sentido común está en contra de semejante tropelía.

Sin embargo la corrección política izquierdista obliga a callar ante el bochornoso espectáculo protagonizado por la progresía feminista, que no duda en prostituir la lengua castellana (o el español como se llama en la mayor parte del mundo), convirtiéndola en su particular arma arrojadiza ideologizante…

Pero resulta que el lenguaje no puede ser nunca un arma, ni un medio de enfrentamiento, sino todo lo contrario: ha de ser una herramienta de entendimiento. Además, uno de los principios que rigen a todos los idiomas es el de la economía del lenguaje: siempre es más conveniente usar las fórmulas más cortas y evitar caer en las redundancias.

Buscando esta economía, hay idiomas como el inglés por ejemplo, cuyos pronombres incluyen a los dos géneros (con la excepción de she = ella) y cuyos adjetivos directamente carecen de género. We significa “nosotros” y también “nosotras”, you significa “vosotros” y “vosotras”, they significa “ellos” y “ellas”; tall significa “alto” y “alta”, smart significa “listo” (inteligente) y “lista”, fast significa “rápido” y “rápida”, etc., etc..

El idioma español es más prolijo en este aspecto y desdobla muchas palabras en dos géneros. Pero sin embargo, buscando la economía del lenguaje, cuando usamos el masculino plural hacemos referencia a los dos géneros. Por ejemplo al decir “todos”, la Real Academia de la Lengua nos dice que ya estamos incluyendo a todas las personas de ambos sexos; por tanto es redundante decir “todos y todas”.  El hecho de que “todos” sea masculino no debe llevar a desterrar su uso o a caer en la redundancia de añadirle un “y todas”. El contrapunto sería la palabra “persona”, que siendo una palabra femenina también incluye a ambos sexos. Y siguiendo esa lógica (ilógica) “progre-feminazi” habría que decir también “los y las personas” o “las personas de género masculino y las de género femenino”…

El sufijo “ista”, hace referencia a profesiones (pianista, taxista, telefonista, electricista, dentista, oculista, periodista, etc.) y también a personas “partidarias de…” (europeísta, madridista, socialista, comunista, marxista, fundamentalista, etc.). A nadie ofende que estos sustantivos y adjetivos terminados en “a” se refieran a ambos géneros; a ningún hombre se le ocurriría reclamar el cambio de estas palabras para el género masculino por “palabros” como pianisto, taxisto, madridisto o socialisto… Sin embargo hemos tenido que asistir al afán feminazi de rebautizar profesiones para conseguir que terminen en “a”: medica, arquitecta, abogada… El hecho de que la Real Academia haya acabado admitiéndolas no quiere decir que fuera necesaria su introducción. Tan solo es una muestra de que el idioma no puede ser concebido como un arma y por tanto, si una palabra se acaba convirtiendo en término de uso cotidiano, tanto en el lenguaje hablado como escrito, al final la Real Academia la acaba reconociendo oficialmente.

A mí la palabra médica me suena tan ridícula como me sonarían taxisto o telefonisto… Aunque debo reconocer que también ha habido en la historia algún caso en sentido contrario: de la tradicional profesión de modista, derivó la palabra modisto, hoy totalmente reconocida, aunque sea una excepción a la regla lingüística.

Otro caso curioso es el de los participios activos, los terminados en “ente”: atacante, saliente, cantante, amante, docente, existente, paciente, impaciente, ardiente, estudiante, independiente, residente, presidente, etc.. Pues bien, el hecho de que se hayan acabado por reconocer hace ya años palabras como presidenta o dependienta, no quiere decir que no sean términos totalmente prescindibles, como lo sería referirse a una profesora como docenta, a una alumna como estudianta, o decir que fulana es una amanta muy ardienta en la cama…

Una de las últimas estupideces protagonizadas por estas “feminazis” ha sido la de inventarse la palabra “portavoza” (como ya en su día otra célebre lumbreras, una ministra muy progre ella, se inventó la palabra “miembras”). Se da la ridícula circunstancia de que la palabra “voz” ya es una palabra femenina! Pero para estas fundamentalistas no debe ser lo suficientemente femenina si no acaba en “a”…

Enfin, esperemos que todos estos ignorantes e “ignorantas”, tan “progresistos” y progresistas, dejen de una vez por todas en paz a nuestro bonito idioma y no lo perviertan más para su apología ideológica…