Egipto y la muerte (nuestra compañera inseparable…)

Acabo de regresar de uno de esos viajes que te dejan una huella imborrable para el resto de tu vida: he pasado 8 días recorriendo Egipto, por tierra, agua (crucero por el Nilo) y aire (vuelos locales). Desde esa locura de ciudad que es El Cairo (la mayor urbe del continente africano y de todo el mundo árabe, con 17 millones de habitantes!), hasta los templos de Abu Simbel, más de 1.100 km. al sur, junto a la frontera con Sudán.

Las pirámides y la gran esfinge en Guiza, el Valle de los Reyes, los templos de Luxor, Karnak, Kom Ombo, Edfú, Hatshepsut (la faraona), los colosos de Memnón, el obelisco inacabado, la gran presa de Aswan, el lago Nasser, los poblados nubios, paseos en camello, los amaneceres y atardeceres en el Nilo… y hasta una insoportable tormenta de arena que duró casi 24 horas, son experiencias que recordaré siempre!

Egipto fue la mayor y más antigua civilización mediterránea. Durante más de 30 siglos fue la cultura más desarrollada de la Tierra, con una enorme diferencia sobre las demás, como nunca en la historia ha sucedido. Sus portentosos conocimientos en arquitectura, astronomía o medicina constituían un milagroso adelanto a su tiempo y aún a día de hoy nos parecen sorprendentes (cuando no inexplicables).

Atravesado de norte a sur por el Nilo, su fértil valle y en especial el delta en su desembocadura, son las únicas zonas habitables del país, ya que el 95% de su vasto territorio (más del doble que España) es desierto.

A partir del siglo IV a.C. fue invadido por persas, griegos, romanos y desde el siglo VII d.C. por los árabes, que islamizaron el país y a la mayoría de su población. Tan sólo los coptos (los descendientes de los egipcios originales) mantuvieron su religión cristiana. En la actualidad son poco más del 10% y conviven con la mayoría islamista suní, la religión oficial del país.

Nos hemos pegado un atracón de monumentos, casi todos funerarios, lo que me hizo pensar en escribir un post sobre esta compañera que llevamos con nosotros desde que nacemos: la muerte. Los faraones, desde el mismo día en que llegaban al trono, ordenaban la construcción de sus futuros monumentos funerarios, que tardaban lustros en terminarse. Tenían claro que su reinado iba a durar tan sólo unos años y por ello querían dejar una construcción para la posteridad, algo que les recordara durante siglos, como así ha sido.

Sin embargo en nuestra sociedad de hoy día vivimos permanentemente de espaldas a la muerte. Ya la gente no muere en casa (como hace décadas) sino en asépticos hospitales, para pasar luego a esos funcionales tanatorios. A los niños se les oculta la muerte no sólo de sus mayores, sino de todo tipo de animales. Antiguamente las personas convivían con la muerte, especialmente en los pueblos: cada año se hacía la matanza del cerdo, las gallinas y los conejos se desplumaban/despellejaban en casa, se comían animales procedentes de la caza… Hoy día todos estos animales los vemos en los supermercados ya sin cabeza, piel, plumas, patas, etc. Nada nos recuerda que antes estuvieron vivos y que han tenido que morir para llegar a la tienda.

Vivimos cada vez más desnaturalizados, más alejados de la madre Naturaleza, que se basa en el continuo ciclo de la vida y de la muerte. Esa realidad inexorable de la muerte no le interesa nada a esta sociedad actual anestesiada y carente de valores, basada en el consumismo, en un pretendido progreso basado en el crecimiento económico, en la satisfacción de unas necesidades en la mayoría de los casos inventadas, en la búsqueda permanente de mayores comodidades para conseguir una “pretendida felicidad” basada en lo material. Y todo ello sin reparar en los daños que nuestro modelo de vida causa al planeta… De hecho somos la única especie sobre la Tierra que produce residuos dañinos para sus mares, sus ríos, sus bosques, su suelo, su subsuelo y su atmósfera!

Si tuviéramos más presente la muerte, en especial nuestra propia muerte (de la que nadie vamos a escapar), seríamos consecuentes con lo efímero de nuestra existencia, no caeríamos en el absurdo de dramatizar los pequeños problemas del día a día, ni en el ridículo de vivir por y para acumular dinero, riquezas, títulos o poder. Porque al final, cuando nos llegue la hora de la muerte, nada de eso nos va a servir. Porque la muerte nos igual a todos, nos limpia de envoltorios superficiales y nos pone ante el espejo de la verdad: la única y verdadera valía de cada ser humano es su capacidad de amar y de hacer felices a los que le rodean…

Namasté! 🙏

 

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