40 años de democracia

Se celebró ayer el 40 aniversario de las primeras elecciones democráticas tras la dictadura y me parece una efeméride lo suficientemente importante como para dedicarle un post.

Mi generación, que hemos vivido la mayor parte de nuestra vida en democracia y sobre todo las generaciones siguientes, probablemente no le demos la importancia que se merece. Quizás también para muchos esto sea una simple “batallita del abuelo Cebolleta”, algo remoto que estudiaron en el colegio; pero realmente para la historia de un país, y parafraseando el bolero, “cuarenta años no es nada”…

Apenas un año y medio antes de aquel 15 de Junio de 1977, en concreto el 20 de Noviembre de 1975, moría Franco y España entraba en una nueva etapa llena de incógnitas e incluso de desasosiego. Aquel famoso 20-N era jueves y a mis 13 años recién cumplidos (la semana anterior) me llevé una gran alegría ya que hasta varios días después no tenía que volver al colegio, en cumplimiento de las medidas gubernativas para guardar el luto por la muerte del Generalísimo. Pero mi alegría contrastaba con el desasosiego de los mayores. Para mi familia era un día muy triste: mis abuelos habían vivido y luchado en la guerra en el “bando nacional” y mis padres se habían criado en la dictadura franquista, con el consiguiente lavado de cerebro. Comprendo que es difícil echar en falta conceptos como la libertad de expresión o la democracia cuando no se han conocido… quizás por lo mismo por lo que las generaciones más jóvenes de ahora no se pueden ni imaginar que las libertades con las que han crecido pudieran de repente desaparecer…

Aquel año y medio fue el principio de lo que se ha dado en llamar “la transición”, y se trató de un período convulso, en el que colectivos de todo tipo intentaban sacar tajada de la situación: por un lado los nostálgicos del franquismo, por otro los políticos de izquierda, sindicalistas de clase y nacionalistas (todos ello silenciados hasta entonces por el régimen), por otro la ETA… Tras aquellas primeras elecciones de Junio del 1977 que ganó la Unión de Centro Democrático de Adolfo Suárez, aún quedaban episodios importantes por escribir: la amnistía general de Octubre de 1977, el regreso de exiliados y represaliados, la elaboración de la Constitución de 1978…

Pero todo ese trabajo llevado a cabo por esa nueva profesión, la de “político” que ahora tanto denostamos, no habría sido posible si el Rey Juan Carlos no hubiera jugado sus cartas para hacerlo posible… En sólo unos meses, el delfín de Franco hizo dimitir al último jefe de gobierno del franquismo, Arias Navarro, en quien obviamente no podía confiar para llevar a cabo las reformas políticas que quería para España, y situó en su lugar a un desconocido Adolfo Suárez, antiguo falangista y exdirector de RTVE. Con la colaboración del hasta entonces presidente de las Cortes franquistas, Torcuato Fernández- Miranda, consiguieron sacar adelante la Ley para la Reforma Política en Noviembre de 1976, con la aprobación de 435 de los 531 procuradores en Cortes (el 81%), posteriormente sometida a referéndum el 15 de Diciembre, y aprobada por una abrumadora mayoría de españoles (el 94%). Quedaba claro por tanto que la sociedad española, incluidos los que con anterioridad habían apoyado el franquismo, estaba mayoritariamente a favor del tránsito hacia la democracia.

Aquel espíritu generó una ilusión colectiva que hizo posible el entendimiento entre diferentes por el bien de un país. España necesitaba de consensos esenciales para llevar a cabo el cambio político y la generosidad de la mayoría lo hizo posible. Quizás el hecho de que la batuta de la transición la llevaran personas provenientes del régimen anterior, como el Rey Juan Carlos, Suárez, Fernández-Miranda, el general Gutiérrez Mellado, etc., sea algo que la izquierda más extrema no pueda digerir jamás… Que el dictador muriera de viejo, en la cama de un simbólico hospital público madrileño (la Paz, uno de los mejores de Europa e inaugurado por él) y que encima las libertades y la democracia las trajeran exfranquistas quizás sea un sapo difícil de tragar… pero teniendo en cuenta las reticencias que existían en aquellos momentos en el estamento militar y el riesgo real de golpe de estado, es bastante evidente que sólo gente como ellos podía llevar a cabo, en tan poco tiempo, la transición de una dictadura que había durado 36 años y medio a una democracia plena como la nuestra.

En muy poco tiempo en España se pasó de no haber oído hablar nunca de política, a ser el tema de conversación en todas las tertulias. Caravanas de coches de los partidos políticos con sus banderas y megáfonos, calles empapeladas de carteles con siglas, colores y caras de “aspirantes a político”, era un espectáculo totalmente nuevo para mí. Recuerdo que por aquellos años intentaba sonsacarle a mi abuelo Francisco: “¿abuelo, tu qué eres, de izquierdas o de derechas?” Y su respuesta siempre era la misma: “yo soy guardia civil, soy de orden; la política para los políticos”. He recordado durante décadas aquella frase y hace mucho tiempo que le doy la razón:

  • Por un lado es justo reconocer el trabajo ímprobo de aquella generación de políticos, que supieron ponerse de acuerdo y consensuar la Ley para la Reforma Política (Noviembre 1976); los Pactos de la Moncloa (firmados el 25 de Octubre de 1977), esenciales para impulsar la economía española gravemente castigada desde la crisis del petróleo del 73; la Constitución española, aprobada por abrumadora mayoría en todas y cada una de las provincias españolas sin excepción el 6 de Diciembre de 1978 (con un 88,54% a favor a nivel nacional). Fueron capaces de aparcar los rencores del pasado, los posibles deseos de venganza y optaron por abrazar el espíritu de reconciliación nacional…
  • Pero por otra parte, fruto de aquella necesidad de llegar a consensos, hubo que hacer grandes concesiones que han venido lastrando nuestra democracia desde entonces. La ley electoral se redactó con el objetivo de dar cabida a todas las minorías, evitando poner un mínimo de votos a nivel nacional para obtener representación parlamentaria, como ocurre en la mayoría de países. Esto ha llevado a que partidos nacionalistas y regionalistas hayan condicionado la política española en múltiples ocasiones. Asimismo, las concesiones constitucionales a esos nacionalismos llevaron al famoso “café para todos” y a la creación del estado autonómico que se ha demostrado, por la vía de los hechos, un auténtico expolio para las finanzas públicas. Los 17 reinos de taifas autonómicos (más Ceuta y Melilla), han sido un vivero de políticos a los que poco o nada les ha importado el bien común de la nación española, sino que han hecho un mercadeo constante para obtener ventajas comparativas para su territorio. El caso más extremo se está produciendo en la actualidad con las pretensiones independentistas de Cataluña…

En definitiva, luces y sombras en estos 40 años de política española, que se encuentra en la actualidad amenazada por problemas variopintos: una deuda pública desorbitada (más del 100% del PIB, cuando el límite máximo que se estableció en su día para acceder a la Unión Europea fue del 60%), una corrupción sistémica, una amenaza secesionista en Cataluña, un populismo comunista casposo…

Haría falta a mi juicio la irrupción de una figura que liderara una reforma profunda del sistema político español, al estilo de Macron en Francia. Los franceses han decidido que ya era hora de pasar olímpicamente de conservadores y socialistas, y probar una nueva vía alejada de sectarismos. En mi opinión han optado por una buena decisión. Por desgracia en España el cainismo está tan arraigado que veo difícil que pueda suceder algo parecido, al memos a corto plazo… Ojalá me equivoque!

 

 

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