Las masas y la sugestión colectiva

Los humanos tenemos 5 sentidos como la mayoría de los animales vertebrados. Sin embargo, y a pesar de creernos el centro de la (supuesta) creación, el sentido de la vista de cualquier rapaz es mucho mejor que el nuestro, el oído de cualquier felino supera por mucho al nuestro, el olfato de la mayoría de los mamíferos deja al nuestro a la altura del betún, etc. Además, ni siquiera tenemos esa extraña habilidad de la que disponen tanto las aves, como muchas especies de peces e incluso de insectos, para orientarse gracias a los campos magnéticos de la Tierra.

En lo que sí que parece seguro que superamos al resto de los seres vivos del planeta es en una cualidad que el proceso evolutivo ha otorgado a nuestra inteligencia: la imaginación. Esto es lo que nos ha diferenciado en los últimos milenios del resto de nuestros vecinos terrestres y lo que nos ha llevado a creernos “los amos del Universo”. Gracias a esa imaginación hemos sido capaces de inventar artilugios de todo tipo (desde la rueda hasta los cohetes espaciales), de desarrollar realidades abstractas como el lenguaje, la escritura, las matemáticas o la economía, de crear todos los tipos de artes, etc. Hasta aquí los logros positivos de esa imaginación, que tanto ha servido para la evolución y el desarrollo del homo sapiens.

Pero como casi todo en la vida, la imaginación también ha tenido a lo largo de los siglos y continúa aún teniendo su parte negativa. Porque esa imaginación, que a nivel individual puede generar ideas, conjeturas, creencias, supersticiones, etc. sin mayores consecuencias, cuando se contagia a las masas y se convierte en sugestión colectiva, puede dar lugar a consecuencias catastróficas: de ella han salido los imperios, los reinos y los países, las guerras, las religiones… No sabemos muy bien ni cuando ni porqué el hombre pasó de jugarse la vida por defender la suya y la de su prole, a jugársela por ideas a las que su imaginación les concedió una importancia que en realidad no tenía: por defender a un rey, un territorio, una bandera, una religión…

Quizás el caso más claro de lo pernicioso de esa sugestión colectiva, de esa superstición opuesta por completo al racionalismo y al método científico, haya sido el de las religiones: cuando la ciencia no llegaba a explicar cualquier fenómeno, allí estaba la imaginación para crear dioses o demonios a conveniencia, e inventar una explicación “sobrenatural”. Así durante siglos la mayoría de las enfermedades, epidemias, sequías o plagas eran consideradas castigos divinos por supuestos (e imaginados) pecados, que obviamente se solucionarían con rezos, ofrendas, sacrificios a los dioses o promesas para el caso de que las súplicas fueran atendidas.

Esa imaginación negativa, improductiva y supersticiosa, aunque parezca mentira sigue estando muy vigente: cada día podemos ver en las noticias a individuos que se inmolan matando a otros seres humanos porque imaginan que van a obtener un premio en el (supuesto) “más allá” si aniquilan a los enemigos (imaginarios) de su religión, a la que consideran (imaginan) un conocimiento “sagrado”, incuestionable, y por la que merece la pena morir…

Mucha gente dirá: “esas son cosas de locos yihadistas, que nada tienen que ver conmigo”… Y a continuación ponemos el telediario y vemos que un millón de personas se han concentrado en el pueblo de El Rocío para “venerar a la blanca paloma”! Es evidente que ningún rociero mata a quien no se crea sus fantasías, pero también es evidente que resulta más fácil ver el fanatismo y lo irracional en los demás que en nosotros mismos…

Si lo pensamos un poco, si somos capaces de tomar una cierta distancia y de hacer una mínima autocrítica, nos daremos cuenta de que nuestra cultura española y europea, de tradición judeocristiana está también impregnada de tradiciones que sólo son fruto de la sugestión colectiva y de ese instinto de imitación de las masas… Desde lo puramente religioso, como puede ser adorar una estatua o imagen, hacer una romería, concederle a otro ser humano supuestos poderes para perdonar pecados o para bendecir cualquier objeto, hasta ser fanático de una ideología política, de un equipo deportivo, de los toros o de un determinado cantante… Para mí es inaudito observar como cualquier persona de formación científica (médico, ingeniero, economista, etc.), puede de repente comportarse de una forma tan irracional ante fenómenos religiosos, políticos o deportivos, sin cuestionarse lo más mínimo sus comportamientos…

Isaac Newton hace ya tres siglos dijo aquello de “soy capaz de calcular el movimiento de los astros, pero no la locura de la gente”, y más recientemente Albert Einstein afirmó que “es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio” y también aquello de “hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana; y del Universo no estoy seguro”…

 

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