Administrador que administra…

Dice un refrán español: “administrador que administra y enfermo que se enjuaga, algo traga”…

Cuando lo que se administra es de titularidad privada, siempre hay alguien por encima de ese administrador para pedirle cuentas (consejo de administración, junta de accionistas, auditores externos y/o internos, etc.). El problema siempre suele venir cuando lo que se administra es de titularidad pública, ya que desgraciadamente está muy extendida la creencia que aquella lumbrera socialista reflejó en su famosa frase: “el dinero público no es de nadie”…

La titularidad privada siempre lleva a la eficiencia o en caso contrario a la quiebra (a desaparecer); mientras tanto la titularidad pública puede mantenerse en la ineficiencia y el derroche por los siglos de los siglos, ya que si las cuentas no cuadran, simplemente el dinero que falte se le quita a los contribuyentes cada año, con cargo a los presupuestos, y todo arreglado!

Ejemplos dramáticos de esa diferencia entre lo público y lo privado aparecen en el trato que el ser humano dispensa al medio ambiente:

  • Si yo soy el dueño de una finca, nunca voy a permitir que venga nadie a verterme escombros, basuras o productos químicos. Ahora bien, si un terreno “no es de nadie”… entonces cualquiera se cree con derecho a contaminarlo.
  • Los ríos, las playas, los mares o las calles y parques de las ciudades “no son de nadie”, por eso demasiada gente se cree con el derecho a verter desechos en ellos.
  • El aire “no es de nadie”, así que a nadie le preocupa especialmente que se contamine a diario…

Evidentemente no voy a defender aquí que haya que privatizar ríos ni mares, sólo estoy haciendo un ejercicio didáctico para que todo el mundo entienda esa diferencia de comportamiento tan extendida entre lo privado y lo público. Lo ideal sería que igual que no permitimos que nuestras propiedades sean ensuciadas, tampoco permitiéramos que los lugares públicos lo fueran. Porque los recintos públicos y muy especialmente la Naturaleza, no es que no sea de nadie, es que “es de todos”! Y por tanto todos somos “propietarios” y como tales deberíamos comportarnos, defendiéndola a capa y espada…

Pero vuelvo otra vez al tema del “administrador que administra”… En España el dinero público (ese que a mucha gente no le importa porque “no es de nadie”) se gestiona de una forma tan sumamente descentralizada, que seguramente tenemos una administración pública de las más sobredimensionados del mundo y en 4 niveles superpuestos (dejando a un lado la administración general de la Seguridad Social).

La administración central del Estado es bastante reducida y homologable a la de otros países, pero a continuación tenemos tres niveles más: las comunidades autonómicas (17 más Ceuta y Melilla), las provincias (50 más Ceuta y Melilla) con sus diputaciones provinciales y los ayuntamientos (más de 8.000!), de los que menos de un millar superan los 10.000 habitantes. Si a estos 4 niveles administrativos le añadimos las empresas públicas y semi-públicas que gestionan, imaginemos la cantidad de cientos de miles de “administradores que administran” el dinero público de todos los españoles… Por eso no es de extrañar que salgan a la luz constantemente episodios en los que “algo han tragado” políticos y administradores de todos los partidos, tanto de empresas públicas, como de ayuntamientos, diputaciones, autonomías y administración central.

Sólo por ese riesgo de que nos roben ya merecería la pena reducir el número de “administradores que administran”, pero es que además hay dos motivos claros para optimizar esta administración pública española tan elefantiásica:

  • En primer lugar la defensa de la IGUALDAD de todos los españoles. Si el artículo 14 de la Constitución recoge esa igualdad, ¿por qué hay zonas de España con mejores coberturas sanitarias que otras?, ¿por qué hay regiones en las que un español paga más impuestos que en otras?, ¿por qué hay regiones en las que se discrimina a españoles por cuestión lingüística?, ¿por qué la educación de los niños españoles es diferente dependiendo de la región en la que viva?, etc., etc.
  • En segundo lugar por EFICIENCIA. El sobre coste que nos produce a los contribuyentes el estado autonómico ya fue evaluado por el equipo económico de UPyD en 70.000 millones de €uros allá por el año 2012; ese ahorro ya nos llevaría del déficit al superávit anual de un plumazo, lo que nos serviría para bajar los impuestos y/o amortizar deuda pública. Del mismo modo no tiene sentido alguno mantener los siete mil y pico ayuntamientos de menos de 10.000 habitantes, cuando se podrían crear mancomunidades que consiguieran ahorros y sinergias…

Si otros países europeos ya han acometido esta tarea de optimización territorial hace muchos años, ¿por qué no se hace en España? La respuesta es muy sencilla: España no es una verdadera democracia, sino una partitocracia, según la cual la prioridad no somos nunca los ciudadanos/contribuyentes, sino los partidos políticos y su “juego democrático”. Para nuestros políticos, sin importar ideologías (quizás en esto sólo se salvarían la extinta UPyD y Ciudadanos, que son los únicos que se han atrevido a plantear en sus programas la reducción de la administración pública), lo importante es tener una administración lo más grande posible, con el fin de disponer de muchos puestos en los que enchufar a sus miles de afiliados y acólitos. Además están los partidos nazionalistas (lo pongo deliberadamente con “z”), que infectan nuestro sistema político con sus anacrónicos discursos identitarios y cainitas, y que utilizan las instituciones para propagar su veneno…

Va siendo hora de que este pueblo español tan adocenado, inculto y subvencionado despierte de una vez y empiece a reclamar que se gestione bien su dinero. Porque la gran mayoría, sumida en su ignorancia, no se da cuenta de que ese “juego democrático” de la partitocracia española le cuesta cada año un dineral en impuestos… Imaginemos que entre el sobre coste autonómico y el municipal (no entro en las diputaciones), el derroche anual fuera de 92.000 millones de €uros (cifra sin ningún rigor económico y que seguramente se queda corta); pues bien, haciendo una simple división, llegaríamos a la conclusión de que a cada español le cuesta la broma la friolera de 2.000 €uros anuales; es decir que a una familia de cuatro miembros le sale por 8.000 €gritos anuales, o lo que es lo mismo 667 €uros cada mes, durante todos y cada uno de los años de sus vidas…

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La gran mentira de la austeridad…

Se entiende por una persona austera aquella que es ahorradora, que vive sin lujos, que se gasta menos de lo que ingresa… Sin embargo, hemos oído hasta la saciedad la palabra “austeridad”, pronunciada de boca de los políticos de izquierda, tan brillantes ellos en el uso de la demagogia, hasta el punto de conseguir que cale en la opinión pública una idea que es absolutamente falsa. Por otra parte el PP, con su habitual torpeza comunicadora, no supo desmontar esa falacia, lo que le supuso no sólo la pérdida de la mayoría absoluta conseguida en 2011, sino grandes descalabros electorales en 2015 y 2016…

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Si revisamos las cifras reales de ingresos y gastos del total de las administraciones públicas de los últimos 17 años, veremos que tan sólo durante un trienio (2005-2007) ha habido realmente austeridad en España: se ahorró por término medio un 4,4% anual sobre el total de ingresos. Bendita austeridad la de aquellos años y sabia decisión del equipo económico de Aznar de crear por aquel entonces la famosa “hucha de las pensiones”, gracias a la cual la Seguridad Social ha subsistido hasta este año sin tener que endeudarse…

Como se puede ver en los datos del cuadro, del año 2000 al 2004 hubo déficit, pero de cifras bastante contenidas. Luego llegaría la crisis y la gestión del “brillante” Zapatero, quien tan sólo en 2008 generó una cifra de déficit (49.371 millones de €uros) que triplicó a la de la suma de los primeros cinco años del siglo, gastándose un 12% más de lo ingresado. A partir de ahí, en vez de afrontar la crisis como lo hicieron las familias, los autónomos y las empresas (o sea ajustando lo más posible los gastos a los ingresos) Zapatero y su equipo económico emprendieron una huída hacia adelante, inventando ocurrencias (planes “E”, subvención por hijo, etc.) y dilapidando un dinero que no tenían! Entre 2009 y 2011, el gasto público superó a los ingresos en la friolera de 322.532 millones de €uros, un promedio de un 28% anual.

Después de semejante desastre de gestión llegó Rajoy, que con la rapidez que le caracteriza, perdió su primer año de mandato (el año 2012 fue el segundo peor de la historia después de 2009, con nada menos que 108.886 millones de €uros de déficit). Es cierto que desde el 2013 al 2016 el PP ha ido reduciendo la sangría de las cuentas públicas, pero eso sí, con una lentitud exasperante y encima subiendo impuestos (lo contrario de lo que habían prometido!). Resulta lamentable que disponiendo de una mayoría absoluta no tomaran medidas de calado para reducir este sector público hipertrofiado que ahoga a la economía productiva…

A la vista de las cifras, tardaremos aún varios años (además de los 9 que ya llevamos!) en ajustar las cuentas públicas y en dejar de engordar la deuda. La desastrosa gestión económica de nuestros gobernantes ha generado una deuda pública que al cierre del primer trimestre de 2017 ascendía a la cifra récord de 1.129.000.000.000 € (1,1 billones de €uros, el triple de la que teníamos en 2007!!!) y que lamentablemente seguirá aumentando en los próximos años…

Esto sí que es de una gravedad tremenda (y no la foto de las Azores), ya que empobrecerá a las próximas dos o tres generaciones, que será el tiempo necesario para volver a unas cifras de endeudamiento razonables; a un nivel de deuda sostenible que no lastre la economía española con unos pagos de intereses anuales desorbitados…

Cuestión aparte, que será objeto de otro post, es el análisis de porqué el gasto público ha pasado de 252.000 millones de €uros a 472.000 en 17 años, lo que representa un incremento del 88% y un atraco a mano armada para los contribuyentes, perpetrado por esta banda de políticos derrochadores (cuando no directamente ladrones) que padecemos en este país…

 

 

Expectativas: el combustible de las reacciones, las exigencias y las decepciones…

Recomendaba el sabio Siddharta Gautama (Buda), hace más de 2.500 años: “no sientas por nada ni nadie un entusiasmo excesivo ni una aversión extrema; ese es el camino de la liberación”. Pero los occidentales no hacemos ningún caso de esa recomendación: vivimos en un permanente carrusel emocional, haciéndonos expectativas tanto positivas como negativas, acerca de las personas que forman parte de nuestras vidas y de los acontecimientos venideros… Siempre estamos anticipando emociones acerca de un futuro imaginario, en lugar de buscar nuestro equilibrio emocional y nuestra paz interior.

Y es que estamos empeñados en vivir en el futuro (y muchos también en el pasado), en lugar de disfrutar de cada momento presente, de nuestro “ahora”… Por ejemplo, salimos a pasear y en vez de disfrutar del paisaje, del sonido de los pájaros, de los olores y de los colores, vamos pensando en lo que tenemos que hacer al volver a casa o mañana en el trabajo, en las compras pendientes… y muchos incluso caminan mirando al teléfono móvil, ese artefacto del que parece que depende nuestra vida casi tanto como del aire que respiramos!

En nuestros pensamientos acerca de ese futuro imaginado, tendemos a idealizarlo todo, tanto a nivel profesional, como personal. Pero luego resulta que en la mayoría de las ocasiones esas expectativas creadas por nuestra imaginación no se cumplen, y nos creemos con derecho a exigir que se cumplan, culpamos a otros por ello, reaccionamos con indignación e incluso caemos en esa decepción un tanto traumática…

No nos damos cuenta de que no es la realidad ni son los demás los que nos decepcionan, sino que somos nosotros mismos, al habernos creado expectativas sin necesidad! Como dice Borja Vilaseca, “la realidad es neutra” y por tanto de nosotros depende el reaccionar de una u otra manera ante ella.

Cada uno de nosotros es libre de marcarse expectativas en la vida y luego reaccionar con entusiasmo cuando se cumplen, o con exigencias y decepciones cuando no se cumplen. Pero sin duda, lo más recomendable es vivir el presente, en el ahora, disfrutar de lo que nos ofrece la vida cada día y fluir, sin más…

Namasté!